Te veía vivir como quien observa un durmiente. Sin contacto con nada más, lejos de aquí pero en cuerpo presente. Te veía moverte en tu segunda piel como dentro de una burbuja. Incapaz de tocarte siquiera.
Y eso me mataba, me alejaba aún más. Me dejaba inmóvil, inútil, inconsciente y sin embargo despierta y totalmente asustada.
Debería haberme ido. Pero me quedé.
Me arranqué de la piel las vendas y te enseñé mis heridas. Y te hablé de tu anterior piel. Lloraste toda la noche mientras te cogía la mano. Y sabíamos que tenía que ser así. Que solo una promesa verdadera mojada en lágrimas te libraría de esa terrible segunda piel que nos había matado a todos.
Debería haberme ido. Sin embargo me quedé, agarrando tu mano sabiendo que lo peor aún estaba por venir. Y tú lo sabías. Como siempre.
Debería haberme ido. Sin embargo me quedé, agarrando tu mano sabiendo que lo peor aún estaba por venir. Y tú lo sabías. Como siempre.

0 valientes:
Publicar un comentario en la entrada